
Martin Scorsese ama el cine, como todo buen cineasta. Quizá os parezca raro, pero estoy convencido de que muchos directores actuales, esos que vienen del mundo del videoclip y la publicidad, no son precisamente unos cinéfilos empedernidos que vean todos los días filmes exóticos o clásicos.
No es el caso de este italoamericano capaz de hablar durante horas de cualquier película y que dedica gran parte de su tiempo y dinero, a través de la Film foundation, a la restauración y conservación del patrimonio fílmico que corre el riesgo de perderse. Sus propios filmes se convierten en una instrumento para referenciarlo y reivindicarlo, ya sea a través de diversas de constantes homenajes velados o de cartas de amor tan directas como es La invención de Hugo, una maravilla visual para goce de los ciñefagos como nosotros.